En una noche calurosa de domingo, aunque en época de invierno, dos jóvenes intercambian coordenadas para poder cruzarse en algún barrio pasajero. Uno de los jóvenes, Viajero, mira aquel pasado reloj de madera colgado en su pared mientras recuerda que jamás había podido marcar bien el tiempo de sus aventuras y entonces pregunta la hora. Al notar que ya es hora de partir, Viajero recoge sus herramientas y marcha en la misma dirección de siempre.
En el transcurso, recuerda una fiesta a la cual apenas había sido invitado y se reencuentra con la sensación de estar solo entre sombras familiares. Despues de caminar pocos pasos llega a destino con su nuevo invitado y saluda a la rutina, que le susurra al oído como debe moverse. El jóven, desorientado, busca alguna manera de comunicarse con su amiga Luz cuando derepente llega a escena.
En un instante todas sus herramientas fueron usurpadas por recuerdos y así, pasaron y pasaron los segundos, minutos, cigarrillos, viajes, rayos y humo. Quizá las atmósferas se habían complementado y los dos amigos no entraban en esa bella mezcla. Abatidos, hacen señas para marcharse y cierran el teatro con gesticulaciones, bromas y risas de un payaso retirado.
Juntos, divagan por la obscuridad mientras resumen todos sus planes futuros, que hace tres minutos eran pasados. Creaciones, palabras e ideas brillantes que están siendo opacadas y aqui es cuando Viajero y Luz recuerdan, juntos, aquella fiesta solitaria que les aconsejó que cuando algo brillante es opacado, puede ser lustrado y pulido denuevo.
Matías Dalceggio
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